martes, 9 de diciembre de 2014

Satélites / Relámpagos 7


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Ametrallado el cactus por las balas de polen
que perdimos en la prehistoria. Vomitado todo
lo que había que vomitar. Elegantes
y descastados, casi el resto sucio
de los banquetes, un escozor para cada minuto,
como trompos en el centro de la ronda
de trompadas, esquivando los nudillos, dedicamos
un encomio a la que nadie quiere ni aprecia. Su defensa
nos inflama en su algo, el no sé qué de
petardismos o infantelios. Más
que apólogos o menos: adheridos
a su goteo desde hace siglos.
Bien fundidos, sin excusas, a sus trompas
que succionan los afectos y devuelven
todo lo que hay que devolver: joyeles
de los bríos en montura yerma, en la hoja
de doble, triple filo; los sentidos
múltiples del coro. Esa hija
del motín celular. Superpuesta
a sus celdas. La que nadie
quiere ni aprecia ni requiere
defensores, la que planta su impresencia
en el centro inestable del musgo, la que
cimbra el desencanto y lo deshace; es en ella, desde
ella que soplamos; es ahí, en la inocencia que se asoma
en el cactus ametrallado o en
cualquier parte.  

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