lunes, 18 de enero de 2016

Satélites / Relámpagos 30


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Niña del astro, está en la piedra.
Niña del astro, está en la flor.

Niñá, caé, galaxia en un fumo.
Niñá en el néctar, mareate en la chicha.

Comunicate con señas. Alicate de años,
señales de astros.

Vamos a entenderte. Casi.
Casi es mejor. Vamos a encenderte.

Astralizate. Niñá.
En la piedra. En la flor.

domingo, 17 de enero de 2016

Satélites / Relámpagos 29


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Tu cráneo es lo que menos observo –es el pico
lo que me atrae, la delicadeza al libar
el hueco sulfurado de las flores,
aunque no sea éste un espacio ordinario
donde se acumula la basura llena de destellos,
brillantes cuchillos, las monedas
desgastadas que aún nos guiñan
sus reflejos mariguanos en la mano de otras eras,
o mejor el épico aletear que arremolina
un hiperespacio cualquiera –es en este
pulmón de limo donde nada y anida
nuestro genuino interés.

viernes, 15 de enero de 2016

Satélites / Relámpagos 28


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Exhausta bajo un sol en retirada, reluciente
por la emulsión que la embadurna,
se va erosionando la piedra
viviente, la piel de la tierra: algo así
como tus alas, Colibrí, cuando traslucen
un movimiento demasiado veloz
como para ser registrado –esa incógnita
perfecta que repta, justo arriba de la axila,
por la infinita ecuación de tus plumas–. No es posible
explicar el manto anónimo, hialino, que apenas
recubre la piedra o la piel cuando caen
las tardes premonitorias. “Es la farsa
compartida”, dicen los que aman decir. 
Nosotros sabemos, Colibrí, del espesor
que puede ganar la transparencia
cuando el ángulo se acomoda a la luz
y el cuerpo y la velocidad pactan
una fiebre de roces, el murmullo
olímpico del espacio. Se derrama el arroyo
de polvo y pálido sudor
entre los muslos y las piedras
como el resto lácteo que se exprime
de una fruta madura.

lunes, 11 de enero de 2016

Satélites / Relámpagos 27


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Hoy somos cáscaras de maní en el suelo,
caracoles calvos, balas  
plateadas por la arena
de tu plumero hecho pedazos.

Hoy somos la rabiosa premisa
de un temblor sin fin, sin
conclusión,
y no,
no nos preocupa
cuántos disparos abstractos
aún silban en el aire
bajo el vapor de tu cogote.

(Un caño de escape

o de escopeta

humeante en tus ojos).