“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Hay quien aterriza en la hipertermia
central de un pueblo escondido,
rodeado por canoas que en el agua
chapoteando a medias se deshacen
en un brusco polímero infinito.
No son seres
los que nadan y verdean
envainados
en neoprene –son misiles
que bordean
lo infrahueco de los genes–,
constelados
por las gotas que destilan
estas hojas
gigantescas, rezumantes:
la humedad
los deja en cuero
porque acá
nada se seca.
Hay los que
disparan por los rápidos,
eyectados
jeta al agua, río abajo,
esquivando
las agujas minerales.
Puede ser ahí
o en un monte
entre las
piedras y cascadas del nudista,
donde
observan lo que nadie: este pájaro,
esa choza,
esta piedra están naciendo
por siempre
jamás. Nada existe
que se
iguale a nuestro cielo
en la
tierra: esta ducha es agua helada
de montaña,
esta piedra es planetario,
una flaca tobogana
donde corre a los tropiezos
ese perro
musculoso, su estropeado chiche
de goma en
la boca, la hendidura
por la que
sopla y chilla el prana, su sonido
de ínfimo
dios que nos escupe: “ya no saben
qué
inventar”.
(a Pablo
Gallego)