A la tribu alienígena
(Méjico, Septiembre, 2014)
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"¿Algo tienes para comunicarnos, Colibrí?
¡Colibrí, lanza relámpagos!
Pues, ¿el néctar de tus flores te ha mareado acaso, Colibrí?
¡Colibrí, lanza relámpagos, lanza relámpagos!"
Canto del Colibrí
¡Colibrí, lanza relámpagos!
Pues, ¿el néctar de tus flores te ha mareado acaso, Colibrí?
¡Colibrí, lanza relámpagos, lanza relámpagos!"
Canto del Colibrí
(canto chiripá en versión de
León Cadogan, recopilador)
De: Colibríes encendidos.
Aborígenes americanos,
Leviatán, Bs. As., 1998.
[Este canto es
ejemplo de los guaú aí, poemas cortos cuyas figuras
centrales son un pájaro o un cuadrúpedo. Encierran reminiscencias míticas y
palabras arcaicas. El Colibrí, ave mítica, es el consejero de los augures y el
portador de los mensajes de los dioses. Los relámpagos, atributo de los dioses,
le acompañan, y le marea el "néctar de las flores", nombre religioso
de la chicha que se consume durante la danza ritual y la fiesta del guaú.]
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“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Algo
recorre estas pieles, velozmente, algo corre, arde, pero aéreo,
sí, hormigueante,
sí, con la habilidad y el
frenesí,
aún si con sigilo, de las clandestinas
–apenas entrevistas
a través de las ramas– acrobacias
de los
monos araña que en la tarde multiplican sus garfios.
¿Caminar,
acercarse titubeantes? Sin duda, sin duda, mas:
¿normal?
¿monoaural? ¿o como arañas?
El desvío
hiperlento de la velocidad, un aleteo
de colibrí
en la retina que astillado
barquina hacia
su espacio hiperceptivo, ¿nos adhiere
esa calma
del rayo que el alcohol no lava?
“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
¿Reptar
minuciosamente
como arañas
desarticuladas por aullidos
simiescos que
agitan las copas
de los
árboles? ¿Balar, sí, balar
desde el
motín sutil de las vértebras
que el
acrílico neuronal de sus chispazos
detona?
Algo
recorre estas pieles y es escalofrío la señal de tu presencia
evanescente.
Escalar,
ferales, este frío:
río que en
la linfa de los bosques
recorre las
ruinas de Gran Garra de Jaguar.
Un poco
antes fue observar las pirámides
tatuadas en
los carteles al costado de la ruta. Llevar
con
nosotros al primer portador del hacha, y a las hordas
innacidas
de la Gracia, tranquiliza, sí,
aunque
rasguen con sus garras, adamados,
los
asientos de esta Van que ya nos pierde.
“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Grácil
bólido empapado por las lluvias,
arrullado
por las sísmicas quenas u ocarinas
que de
punta enflechan, migas, nuestras calvas cerebrales.
Porque
afuera se derriten los botines
del llanero
solidario, y en sus suelas
nos miramos
quietos hasta el llanto. ¿Ya no existo, ya no existe, nos parece,
ese aroma
de caminos que a desiertos imantaba?
Cuántos
nombres habremos de aceptar: tucusitos, quindes, chupamirtos,
hasta
invocar en la garganta el bufido de este elfo: microchip de las abejas
que te
instala en los zumbidos.
Bien arriba
de tu cresta, en los escalones del lodo,
siglos ajenos
superponen sus filminas,
y es
infinita esta conversación de latidos entre los seres.
…………………………………………………………………………………………….
“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Primero fue
el beso de lagarto a la calavera. Después
fueron los
muelles alzados para el pájaro mosca
que de a
poco restituye a nuestros nervios
el click
simultáneo de lo visto y de lo esquivo.
Y habríamos
rechazado este suelo
si no se
deslizara por nuestras noches
como un
reciclado malón de plásticas córneas: las calientes
riendas
desasidas que no llevan a destino.
Porque algo
recorre estas pieles, algo inasible a lo que damos
asentimiento,
algo que nos plancha las arrugas
hasta
engarzar los poros a puñaladas
de
insolación.
Lo que mata
es la Unidad sin mareas
ni matices
en las matas
de lo que
nace. Lo que importa
es el sol
cuando nos quema hasta olvidarnos
de
nosotros, un prisma, ¿qué
pensabas?
“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Por las
tardes maceramos nuestros cuerpos
en el tequila
terroso de los escalones
hasta
desplomarnos exhaustos en su enredadera de vapores.
¿Y quién
conoce la maniobra de cardumen
que te cuadre
el caos de estos paseos? Nada ni nadie
la conoce, cuando
es simún lo que nos guía. El corcoveo
de un
animal muy antiguo bajo la caricia intrusa de tu mano.
Acá,
Colibrea: es acá donde pelamos contrabando. En el barro, en la jalea
de los
insectos transportamos:
bisturíes,
turbantes, plumas áureas, un prematuro
nacimiento
de luz. Una confesión gelatinosa
a los
cardinales del mundo.
…………………………………………………………………………………………….
“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
A veces nos
tumbamos en los líquenes o deseamos
ahogarnos
en el turquesa de este mar. Por momentos, la crisálida
se nos
pierde en amagues de apertura, pariciones
inconclusas.
Y es entonces que dormir
en la
intimidad de la materia nos convence:
tenemos
partes que no son
nuestras. Miríadas
del estribo indelicado
que nos
iguana.
Ahora vas
sintiendo
esa células
arpistas que te estallan las junturas
mientras se
oyen los eléctricos relinchos
de los
amigos perdidos en la fronda.
Ponerse ese
poncho de escamas
para
escucharlos bien cerca del latido
nadando
ahora como turba en el cenote. Este día
es perfecto
en su multitudinaria
e
inespecífica paz.
Cuando
callamos, cada neurona
se nos corre
hacia su frontera vertebral, una flauta
ígnea hecha
de hojas y ramitas. Sonidos de aves
prehistóricas:
éste es el canto salvaje que amamos.
“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Yacer así
en los líquidos
desiertos que nos recorren:
el eterno
verano peninsular.
¿Cómo
habríamos de temer al estigma
social, a
los odios, si zambullidos en los piletones
del limo
aboriginal
nano-libamos
los antiguos dones,
contemporaneizamos
lo originario: mescolanzas
de rubores
desfolklorados?
Desde este
limbo te llamamos, Colibrío: orinemos
al costado
de la ruta bajo el ruidoso chubasco
como
hicimos, despreocupados, aquella tarde de ranas.
En la
humedad de estas bocas
que señalan
el comienzo del mundo
meditamos
hasta estar en más de un espacio
a la vez.
Ser los dientes en la quijada
que al
cerrarse nos madure hasta el ombligo
interminable
del plumaje y su serpiente.
“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Salimos del
templo por la noche
con el
corazón ensortijado de galaxias.
Los cardos
nos miran como lunas
ariscas a
ras del suelo, un mapa
de lianas
que se mueven lentas
en todas
las direcciones. Abrazar
su
movimiento hasta olvidarnos
del “Sr.
Importante” que amenaza
detener el
viaje con su lepra de yoes:
la
autoridad del cotidiano en cada letra
desmentida
por conatos germinales
de neanderthal.
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“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
No saber
qué sintonía fiera nos envuelve
ni cuánta
inteligencia vegetal
nos amonesta:
“No hay
anécdotas”, nos dice. “Lo que hay
son las
cenas insectadas en los huesos, los abismos
donde se
dispersan los moluscos”. Si las muecas
de este
rostro ya no cuentan, ni los ojos
que se
quiebran en el sol, ¿cómo
hilar tus
brazadas migratorias
a 55 dagas
por segundo? En las palmas
bien
abiertas del aire y sus nerviosas
terminales mendigamos
algo que adhiera
este aleteo
a nuestra
piel artificial.
¿Cuántos
kilómetros, Hipercolibrí,
hay
plegados, con ligereza,
en las
curvas de tu invisible
ala?
¿Cuántos ángulos concentrados
en cada
satélite que orbita
el suspenso
de ese vuelo frenético, detenido
en un halo
de goma, o cuántas
inclinaciones
boreales –hálitos de hélice
doblada–
sobre el ojo huracanado y silente
que me
huye, que te alza en un mismo
punto del
espacio, sobrevolando
las vías
del tren cubiertas de polen?
No saber qué giroscopio te late
No saber qué giroscopio te late
bien
adentro, y se encuentra,
aún, con
fuerzas que afuera
te levitan,
ni qué hiperespacio recorre
el tren que
habrá de llevarte.
“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
A
escondidas. Quedarse así, escandiendo
este
puchero que causa visiones, nos hace
ver doble,
triple. Nos encaja un
órgano en
la conciencia, una fiebre de perros.
Con el
paladar, a escondidas, en la esponja
de
intemperie –lo que absorbe
las ideas,
lo que troca
las
nociones por la piara celular–, tragarse
la cascada afilada
de la tarde
en la que
crecen sin embargo dos lunas, una gema
de queso
verde, las palmeras incrustadas
en los ojos
de este cyborg
informal.
No es posible
extraerles
tanto oxígeno a las transpiraciones.
Aunque una
súbita madriguera
en plena
intercostal, o el upper-cut radiante
directo a
la pineal –flor de éxtasis, una rosa
agitada del
paráclito–, mientras vemos a lo lejos
algo como
un reel magnético extenderse
por la
autopista y al que adhieren
las
polillas, los insectos que se estrellan
–y viven–
contra el parabrisas
de la Van
celeste o nave muda
en una
sucesión de trances de alto
impacto:
todo esto nos importa
poco y nada
si no es
nuestra minúscula neurona
pantera
telépata
la que se
empina en las nervaduras.
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“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Una fiesta coruscante de mielinas entre el polvo. ¡Zoom
fluorescente a los gusanos! ¡Zoom al ciempiés anaranjado
que descansa en los difusos vientres
del aire! ¡Zoom a esa oruga celeste!
¡Zoom al ulular del rito entre las ramas! ¡A la tráquea
fosfenada de los zarahuatos!
¡Zoom al magnético Zoo
que hoy nos traga! Ya no estamos, nos reemplaza
la lluvia que se inmola en los arcones, en los cielos
de hace siglos, de hace apenas
un instante, los miriápodos del cuore, los arcontes del
hervor.
Es el mundo piel de camello entre las zarzas.
Es el mundo adoquines transdimensionales.
Es el mundo ballena enfiebrada de planetas.
Es el mundo que amamanta a los perfumes.
Es el mundo infraliviano de las joyas que te arden.
Es el mundo ya sin mando del candor y de la gracia.
Son los mundos en el mundo son los mundos.
Es el mundo adoquines transdimensionales.
Es el mundo ballena enfiebrada de planetas.
Es el mundo que amamanta a los perfumes.
Es el mundo infraliviano de las joyas que te arden.
Es el mundo ya sin mando del candor y de la gracia.
Son los mundos en el mundo son los mundos.
Es el mundo silbato de adictos tucanes. Es nosotros con
jorobas
virginales y preñadas de los astros
y las larvas liminares germinando
en altares del ocio. Es nosotros
revolviendo a carcajadas el caldero del mundo.
virginales y preñadas de los astros
y las larvas liminares germinando
en altares del ocio. Es nosotros
revolviendo a carcajadas el caldero del mundo.
“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Vueltas y
vueltas nos devuelven al proscenio
natural que
tambalea entre cometas,
como ebrios
caracoles, ionizados,
en un sismo
acusmático de losas.
Ahí pasean
a sus anchas sus polleras
los
insectos cesanteados
que ya
nadie pisa ni rubrica,
mientras
los cordones estelares pulverizan
el hediondo
maxilar de las naciones.
Más nautilos
nos sumergen la garganta, más gentíos (o menos)
en la suma
que resta de los Bhangs:
así mascamos
dócilmente
la
explosión que se concentra en cada efluvio.
Diluvios pigmeos,
carambolas de mezcal en las troneras.
Enhebrado
el corazón por cordilleras imposibles,
los bufones
nos perdemos en las rutas que se pierden
en las
rutas que se pierden en las rutas
que se
pierden en las rutas
imposibles.
Más nautilos colibreando en la garganta.
“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Porque algo
recorre estas pieles rojas, azules, transparentes.
Porque los
cielos se desploman, impasibles, al primer canto de ultra-tierra.
Porque
hipnotizamos a los jotes con canciones inventadas
en las cimas
de los cerros buriladas por los vientos.
………………………………………………………………………………..
“¡Hipercolibrí,
lo absoluto de tus gestos
imperfectos
(o el perfecto intervalo de todos
los
continuos) lanza relámpagos!”
¿No hay
origen para tanta trayectoria? Lo que asoma
son
yerbajos acuosantos que marean transeúntes, copilotos del verdear.
Hemos
muerto y renacido tantas veces
que la
cuenta está perdida.
No medimos
la alegría por el número
de nuestras
resurrecciones.
Baste para
ello el nadar del soma
que rechina
en cada ahora.
Hay uno que
pasea, uno que se sube
a los botes
y nos rema hasta las lunas
de la
costa: las costillas
como remos
internales que meditan
cada ola
entre la carne.
“¡Hipercolibrí,
el charquito que te empapa
por dentro delicado
(o el mareo
del
chasquido, ese aikido
parpadeante)
lanza relámpagos!”
Números y
más números y sus réplicas que rellenan
el
relicario inundado y colgado del cuello.
A punto de
estallar, el coágulo: éxtasis
promisorio donde
pasan desnudas las mareas vegetales.
Nos dice en
silencio: “algo palpita y recorre
estas
pieles ya-no-nuestras ni exhaustas, las no-pieles apiladas
en cadenas
de montañas que nos tiran la cadena
de silicio a
la salida
de los soles”.
¿Depongamos
las salivas que se adunan
en el foco indeciso
de tu boca? No calcula
nada esta
hoja rufiana cuando aflora en los mecheros,
cuando
afeita nuestra mechas y machaca los gatillos
que
apretamos conmovidos.
Tu corazón
ya es naranja
de arrayán
y su corteza
helada en
el fuego.
…………………………………………………………………………………………….
“¡Hipercolibrí!
¡Relámpago! ¡Satélite! ¡Lanza!”
Y el fango:
braille de las viudas de la muerte al que llegamos
tarde, o
que soporta quien depone
su
humanoide excusa. Hamacas de laca, lanzas de prodigios
que
desposan nuestras pieles dilatadas en excentro.
“No
avanzar”, dice el cartel que cabecea entre las lianas
a cada
estremecimiento. Pero el desafío, uf, el bandidaje
no se
detiene en los neones. Esos nones al costado del camino.
Y en el
fango: se sumerge el cuerpo repleto de aromas. Se olvida
de
nosotros, de ustedes, de los oficios de la feria. De la Tierra.
Pero no
deja de vibrar este cuerpo como un pájaro
sentado a
la intemperie.
"¡Hipercolibrí,
de tus ojeras matutinas
se
desprenden los sonidos!"
Y es el
fango que nos vence. Y es el fango que nos besa. Y es el fango
larvario
que nos mece. Sus aurales nacimientos. Un pujo
interminable
de soplidos. El pre-simio: la simiente,
el insomnio
pulmonar.
“¡Hipercolibrí,
el relampago indefine!”
¿Y no hay algo que recorre aún
las curvas de las fibras, la tensión de los tendones, el
fractal
de cada músculo, las ascuas en los ojos?
“No es el pulso lo bloqueado
por el muro, ni amurada es la pulseada
si es el muro lo que late”.
El zarpazo es en la nuca que arrastramos por la espalda.
“Eso esplende en las fronteras
como tiros de vapores”.
Esperamos enguantados que los dedos
se licúen y entretejan. Insolados. La que roe
no es la rata de la aurora: ¡nos confiscan
estos truenos, la secuencia celestial de los orantes!
…………………………………………………………………………………………….
"¡Hipercolibrí!"
“Vino la
muerte y ya se fue”.
“Vino la
muerte y ya se fue”.
Se fue sin
salvavidas: las cinturas aladeltas.
Y las
chicas ojerosas se quedaron
abrazadas a
los monos. En la hondura
de esa
leche que se espesa en esa línea
horizontal:
bebimos
hasta
perdonar y perdonar.
Nos. Osamos
remontar la intensidad
de los
jadeos
hasta que
las efigies inhumanas descendieron
desnudas
por la pirámide escalonada.
Retrochille
usted sin red:
“Vino la
muerte y ya se fue, ya se fue, ya se fue”.
Penetramos
en manada las informes borraduras: la golosa
enzima en
silencioso contrabando. La frágil golosina
que se
oculta (se revela) en esos cuerpos. Enchastrados,
más abajo
en el revuelo de esos barros, en el vuelo
de las
matas que se trenzan caduceas, sin memoria.
De esos
cruces, claro,
ya no
quedan testimonios.
"¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!"
Ahogadas en
saliva hay unas cuantas
pastillas
de reverdecer.
Conjeturar
la desfigura, el conejo que se escapa
entre balas
y sabuesos, la escarpada
desviación
de las gargantas:
“tengo el
trébol fosfenado de un cóndor
en la boca
sin palabras el habla es un chillido
de luna el
lento arrastre de los pies sobre el cadáver
crocante de
las almejas en la playa los ángeles
deben estar
debajo o adentro
de ese
ruido”.
Y si mi
canto te invoca, Hiperbrío…
Y si mi
canto te llama, Colibranquia…
Y si tu llama me canta, y si mi Can
Y si tu llama me canta, y si mi Can
celeste te
ama, Colibrasa:
“¡Lanza relámpagos!
¡Lanza relámpagos!”
Y si te
canto es porque algo
recorre
estas escamas
que se caen
como plumas
y refulgen en
la tierra:
huevos solos
soles-pumas
nuevas
sales, un punzante
rabo en el
fosfeno.
“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos, lanza relámpagos!”
Y si mi
canto te invoca, Colibrillo,
y si tu
vuelo barrena el costilleo
de este
pecado en la llaga, en las yemas,
Colibrío,
que nos llaman y nos yerran tanto
hasta pegar
los ojos a la luna, Colibrizna,
a la llena
luna posada en el pozo, a la bruma
fresca de
la mañana, Colibrisa, a esta paz
que tanto
olvida en las marismas todo
lo que
alguna vez morimos: esos llantos
aflautados
por el aire de la doma, o la sangre
de mi
nombre, Colibrida, que no corre
por las
almas ni los huesos, ni circula
para nada y
para nadie.
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