jueves, 25 de diciembre de 2014

Satélites / Relámpagos 10

al PolaK Szurman


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Los manteles extendidos:
sobremesa de los mundos.
Los altares encendidos
sobre el lomo de la tierra.

Todo altar es cuásar. Todo esto es
cuasi azar.

Todo aquello se alza vivo
para el paria de la estepa. El que ingiere
los luceros: remolinos de la pasta

luminosa del cocuyo. Cada hoja es nuestra hostia,
nuestro cero, en la misa natural.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Satélites / Relámpagos 9


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Cruza de universos a mansalva
entre los números enteros. Algo es criado

a baja temperatura, en el medio de los huesos
partidos al medio. Recorrer con el ojo el hondo follaje,
inhalando en nuestra pipa narigona cada hoja que se cierne
sobre el fondo deshabitado. Con el dedo recorrer

cada ganglio montañoso, el cría cuervos de este garbo,
¿tanto zumo el que se expresa? Un fisgón
de la espesura de los mundos
anfibios. Tanto caigo,

desentero, a nado entre los seres sin escalas.

Bracear la sintonía, perdigón, me desentierro
a carcajadas en el húmero infinito. Una sonda
intermitente, arrojada al vuelo
de la sinfonía incantatoria

de la materia. Todos siguen,
yo me quedo. Un vivir
en diferido.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Satélites / Relámpagos 8

a Julles Azcoaga.

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Como dios que abdica
en el ganglio nuevo de los viajes
aplazados (por el borde
del sensorio, por la tácita
cresta que se eleva
en las células de esta nave viviente): ¿una fruta
licuada en la montura? Como dios que adviene
cabalgando las abejas o nimbando
con hipnóticos brillos
aquel rubí bienparido
en los límites de la colmena.

martes, 9 de diciembre de 2014

Satélites / Relámpagos 7


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Ametrallado el cactus por las balas de polen
que perdimos en la prehistoria. Vomitado todo
lo que había que vomitar. Elegantes
y descastados, casi el resto sucio
de los banquetes, un escozor para cada minuto,
como trompos en el centro de la ronda
de trompadas, esquivando los nudillos, dedicamos
un encomio a la que nadie quiere ni aprecia. Su defensa
nos inflama en su algo, el no sé qué de
petardismos o infantelios. Más
que apólogos o menos: adheridos
a su goteo desde hace siglos.
Bien fundidos, sin excusas, a sus trompas
que succionan los afectos y devuelven
todo lo que hay que devolver: joyeles
de los bríos en montura yerma, en la hoja
de doble, triple filo; los sentidos
múltiples del coro. Esa hija
del motín celular. Superpuesta
a sus celdas. La que nadie
quiere ni aprecia ni requiere
defensores, la que planta su impresencia
en el centro inestable del musgo, la que
cimbra el desencanto y lo deshace; es en ella, desde
ella que soplamos; es ahí, en la inocencia que se asoma
en el cactus ametrallado o en
cualquier parte.  

lunes, 8 de diciembre de 2014

Satélites / Relámpagos 6

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Estamos dormidos sobre el capot, retirados
bajo los velos crujientes de la sabana
inmensa y olorosa: trece

animales que resoplan, trece huevos o
planetas recién nacidos,
desperdigados como dados o runas o
moléculas de sal sobre las mesas
carnosas de la galaxia.

El rito del colibrí arremolina las sábanas
ariscas de cada esqueleto, los tufos
palpebrales que circulan
por las venas. No saber

nada de los tiempos
del trabajo: confundirse con el frágil
recreo de los seres. Ni una madre ni dos padres
fijos por acá, o muchas madres, tantos
padres extra-humanos: madres-vaho,
padres-celofán, elegidos por generación
espontánea. Y el hermano y la hermana: manantiales
de insectos que se cuelan,
mortereados, por lechosas hendiduras
del cerebro.

Estamos dormidos, enchufados
a la reseca carótida del aire
y un relámpago en el cielo traza
la cicatriz del poema estelar.

Satélites / Relámpagos 5


¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!

Inflados los pechos paracaídos del cielo razón

almirantes de la mente partida
en dos mil y
una limaduras del rozar del rezo la limosna
del sol ese oropel del zoo
con el que decoramos el pezón el limón
de la tierra.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Satélites / Relámpagos 4


a Sebaxtopol Elichiry

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Descanso en vela en las playas
de Titán. Miro al cielo, bostezo
y los brillantes aros de humo
que salen de mi boca como quindes
son anillos carnavales de Saturno
a la distancia, esos mudras
que nos enseñan a pulir las liebres
mientras escapan de los sabuesos
metiéndose en un hueco.

Satélites / Relámpagos 3


"¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!"

Y aún los veo insistir, retorcerse
de cabeza entre los peces
como queriendo fichar en la laguna
con el diamante de los sesos, hacer
acto de presencia
en el agua, dejar una
imposible huella oxigenada. Más tarde
los oigo comentar la travesía. Nadie piensa
que el cenote alguna vez
los recuerde. Nada
es tan inestable como la memoria del agua.
Eso creen. En mí, sin embargo,
aún repiquetea el mambo
unívoco de sus gestos, el ruido de asteroide
de cada zambullida. Aún los siento
insistir y retorcerse, de cabeza
entre los peces.

Satélites / Relámpagos 2


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

El traje de buzo, el anhelo blando
del océano: hay encuentros
que parecen premeditados, aunque nada 
de todo esto les cuadre
a tus cartógrafos de moño helado
y linterna impecable. Aunque nada
de todo esto sea
premeditado. Pero esto es algo
que te estremece. Aunque nada. Pero esto no es
algo definitivo, aunque nada o casi
nada sea
como el encuentro de tu aliento
con el de un gato que bosteza
lentamente
cerca de tu cara.

Satélites / Relámpagos 1


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Casi un tónico –un vapor– es esta luna
que se acuesta oracular a los pies del
alacrán. Venimos desde lejos

a esta misa entre las piedras donde izamos
las dunas para el sueño, para el cacto

terminal: casi tacto de las mieles. Tengo un párpado
cerrado pero el cuore
bien abierto a las señales.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Canto del Hipercolibrí




A la tribu alienígena
(Méjico, Septiembre, 2014)




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"¿Algo tienes para comunicarnos, Colibrí?
¡Colibrí, lanza relámpagos!
Pues, ¿el néctar de tus flores te ha mareado acaso, Colibrí?
¡Colibrí, lanza relámpagos, lanza relámpagos!"

Canto del Colibrí
(canto chiripá en versión de León Cadogan, recopilador)

De: Colibríes encendidos. Aborígenes americanos,
Leviatán, Bs. As., 1998.

[Este canto es ejemplo de los guaú aí, poemas cortos cuyas figuras centrales son un pájaro o un cuadrúpedo. Encierran reminiscencias míticas y palabras arcaicas. El Colibrí, ave mítica, es el consejero de los augures y el portador de los mensajes de los dioses. Los relámpagos, atributo de los dioses, le acompañan, y le marea el "néctar de las flores", nombre religioso de la chicha que se consume durante la danza ritual y la fiesta del guaú.]



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“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Algo recorre estas pieles, velozmente, algo corre, arde, pero aéreo,
sí, hormigueante, sí, con la habilidad y el
frenesí, aún si con sigilo, de las clandestinas
–apenas entrevistas a través de las ramas– acrobacias
de los monos araña que en la tarde multiplican sus garfios.

¿Caminar, acercarse titubeantes? Sin duda, sin duda, mas:
¿normal? ¿monoaural? ¿o como arañas?

El desvío hiperlento de la velocidad, un aleteo
de colibrí en la retina que astillado
barquina hacia su espacio hiperceptivo, ¿nos adhiere
esa calma del rayo que el alcohol no lava?

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

¿Reptar minuciosamente
como arañas desarticuladas por aullidos
simiescos que agitan las copas
de los árboles? ¿Balar, sí, balar
desde el motín sutil de las vértebras
que el acrílico neuronal de sus chispazos
detona?

Algo recorre estas pieles y es escalofrío la señal de tu presencia
evanescente.

Escalar, ferales, este frío:
río que en la linfa de los bosques
recorre las ruinas de Gran Garra de Jaguar.

Un poco antes fue observar las pirámides
tatuadas en los carteles al costado de la ruta. Llevar
con nosotros al primer portador del hacha, y a las hordas
innacidas de la Gracia, tranquiliza, sí,
aunque rasguen con sus garras, adamados,
los asientos de esta Van que ya nos pierde.

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Grácil bólido empapado por las lluvias,
arrullado por las sísmicas quenas u ocarinas
que de punta enflechan, migas, nuestras calvas cerebrales.
Porque afuera se derriten los botines
del llanero solidario, y en sus suelas
nos miramos quietos hasta el llanto. ¿Ya no existo, ya no existe, nos parece,
ese aroma de caminos que a desiertos imantaba?

Cuántos nombres habremos de aceptar: tucusitos, quindes, chupamirtos,
hasta invocar en la garganta el bufido de este elfo: microchip de las abejas
que te instala en los zumbidos.

Bien arriba de tu cresta, en los escalones del lodo,
siglos ajenos superponen sus filminas,
y es infinita esta conversación de latidos entre los seres.

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“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Primero fue el beso de lagarto a la calavera. Después
fueron los muelles alzados para el pájaro mosca
que de a poco restituye a nuestros nervios
el click simultáneo de lo visto y de lo esquivo.

Y habríamos rechazado este suelo
si no se deslizara por nuestras noches
como un reciclado malón de plásticas córneas: las calientes
riendas desasidas que no llevan a destino.

Porque algo recorre estas pieles, algo inasible a lo que damos
asentimiento, algo que nos plancha las arrugas
hasta engarzar los poros a puñaladas
de insolación.
Lo que mata es la Unidad sin mareas
ni matices en las matas
de lo que nace. Lo que importa
es el sol cuando nos quema hasta olvidarnos
de nosotros, un prisma, ¿qué
pensabas?

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Por las tardes maceramos nuestros cuerpos
en el tequila terroso de los escalones   
hasta desplomarnos exhaustos en su enredadera de vapores.

¿Y quién conoce la maniobra de cardumen
que te cuadre el caos de estos paseos? Nada ni nadie
la conoce, cuando es simún lo que nos guía. El corcoveo
de un animal muy antiguo bajo la caricia intrusa de tu mano.

Acá, Colibrea: es acá donde pelamos contrabando. En el barro, en la jalea
de los insectos transportamos:
bisturíes, turbantes, plumas áureas, un prematuro
nacimiento de luz. Una confesión gelatinosa
a los cardinales del mundo.

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“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

A veces nos tumbamos en los líquenes o deseamos
ahogarnos en el turquesa de este mar. Por momentos, la crisálida
se nos pierde en amagues de apertura, pariciones
inconclusas. Y es entonces que dormir
en la intimidad de la materia nos convence:
tenemos partes que no son
nuestras. Miríadas del estribo indelicado
que nos iguana.

Ahora vas sintiendo
esa células arpistas que te estallan las junturas
mientras se oyen los eléctricos relinchos
de los amigos perdidos en la fronda.
Ponerse ese poncho de escamas
para escucharlos bien cerca del latido
nadando ahora como turba en el cenote. Este día
es perfecto en su multitudinaria
e inespecífica paz.

Cuando callamos, cada neurona
se nos corre hacia su frontera vertebral, una flauta
ígnea hecha de hojas y ramitas. Sonidos de aves
prehistóricas: éste es el canto salvaje que amamos.

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Yacer así
en los líquidos desiertos que nos recorren:
el eterno verano peninsular.
¿Cómo habríamos de temer al estigma
social, a los odios, si zambullidos en los piletones
del limo aboriginal
nano-libamos los antiguos dones,
contemporaneizamos lo originario: mescolanzas
de rubores desfolklorados?

Desde este limbo te llamamos, Colibrío: orinemos
al costado de la ruta bajo el ruidoso chubasco
como hicimos, despreocupados, aquella tarde de ranas.

En la humedad de estas bocas
que señalan el comienzo del mundo
meditamos hasta estar en más de un espacio
a la vez. Ser los dientes en la quijada
que al cerrarse nos madure hasta el ombligo
interminable del plumaje y su serpiente.

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Salimos del templo por la noche
con el corazón ensortijado de galaxias.
Los cardos nos miran como lunas
ariscas a ras del suelo, un mapa
de lianas que se mueven lentas
en todas las direcciones. Abrazar
su movimiento hasta olvidarnos
del “Sr. Importante” que amenaza
detener el viaje con su lepra de yoes:

la autoridad del cotidiano en cada letra
desmentida por conatos germinales

de neanderthal.

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“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

No saber qué sintonía fiera nos envuelve
ni cuánta inteligencia vegetal
nos amonesta:

“No hay anécdotas”, nos dice. “Lo que hay
son las cenas insectadas en los huesos, los abismos
donde se dispersan los moluscos”. Si las muecas
de este rostro ya no cuentan, ni los ojos
que se quiebran en el sol, ¿cómo
hilar tus brazadas migratorias
a 55 dagas por segundo? En las palmas
bien abiertas del aire y sus nerviosas
terminales mendigamos
algo que adhiera este aleteo
a nuestra piel artificial.

¿Cuántos kilómetros, Hipercolibrí,
hay plegados, con ligereza,
en las curvas de tu invisible
ala? ¿Cuántos ángulos concentrados
en cada satélite que orbita
el suspenso de ese vuelo frenético, detenido
en un halo de goma, o cuántas
inclinaciones boreales –hálitos de hélice
doblada– sobre el ojo huracanado y silente
que me huye, que te alza en un mismo
punto del espacio, sobrevolando
las vías del tren cubiertas de polen?

No saber qué giroscopio te late
bien adentro, y se encuentra,
aún, con fuerzas que afuera
te levitan, ni qué hiperespacio recorre
el tren que habrá de llevarte.

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

A escondidas. Quedarse así, escandiendo
este puchero que causa visiones, nos hace
ver doble, triple. Nos encaja un
órgano en la conciencia, una fiebre de perros.

Con el paladar, a escondidas, en la esponja
de intemperie –lo que absorbe
las ideas, lo que troca
las nociones por la piara celular–, tragarse
la cascada afilada de la tarde
en la que crecen sin embargo dos lunas, una gema
de queso verde, las palmeras incrustadas
en los ojos de este cyborg
informal. No es posible
extraerles tanto oxígeno a las transpiraciones.

Aunque una súbita madriguera
en plena intercostal, o el upper-cut radiante
directo a la pineal –flor de éxtasis, una rosa
agitada del paráclito–, mientras vemos a lo lejos
algo como un reel magnético extenderse
por la autopista y al que adhieren
las polillas, los insectos que se estrellan
–y viven– contra el parabrisas
de la Van celeste o nave muda  
en una sucesión de trances de alto
impacto: todo esto nos importa
poco y nada
si no es nuestra minúscula neurona
pantera telépata
la que se empina en las nervaduras.

…………………………………………………………………………………………….

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”
  
Una fiesta coruscante de mielinas entre el polvo. ¡Zoom
fluorescente a los gusanos! ¡Zoom al ciempiés anaranjado
que descansa en los difusos vientres
del aire! ¡Zoom a esa oruga celeste!
¡Zoom al ulular del rito entre las ramas! ¡A la tráquea
fosfenada de los zarahuatos!

¡Zoom al magnético Zoo
que hoy nos traga! Ya no estamos, nos reemplaza
la lluvia que se inmola en los arcones, en los cielos
de hace siglos, de hace apenas
un instante, los miriápodos del cuore, los arcontes del hervor.

Es el mundo piel de camello entre las zarzas.
Es el mundo adoquines transdimensionales.
Es el mundo ballena enfiebrada de planetas.
Es el mundo que amamanta a los perfumes.
Es el mundo infraliviano de las joyas que te arden.
Es el mundo ya sin mando del candor y de la gracia.
Son los mundos en el mundo son los mundos.

Es el mundo silbato de adictos tucanes. Es nosotros con jorobas
virginales y preñadas de los astros
y las larvas liminares germinando
en altares del ocio. Es nosotros
revolviendo a carcajadas el caldero del mundo.

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Vueltas y vueltas nos devuelven al proscenio
natural que tambalea entre cometas,
como ebrios caracoles, ionizados,
en un sismo acusmático de losas.
Ahí pasean a sus anchas sus polleras
los insectos cesanteados
que ya nadie pisa ni rubrica,
mientras los cordones estelares pulverizan
el hediondo maxilar de las naciones.

Más nautilos nos sumergen la garganta, más gentíos (o menos)
en la suma que resta de los Bhangs:
así mascamos dócilmente
la explosión que se concentra en cada efluvio.

Diluvios pigmeos, carambolas de mezcal en las troneras.

Enhebrado el corazón por cordilleras imposibles,
los bufones nos perdemos en las rutas que se pierden
en las rutas que se pierden en las rutas
que se pierden en las rutas
imposibles. Más nautilos colibreando en la garganta.

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Porque algo recorre estas pieles rojas, azules, transparentes.
Porque los cielos se desploman, impasibles, al primer canto de ultra-tierra.
Porque hipnotizamos a los jotes con canciones inventadas
en las cimas de los cerros buriladas por los vientos.
  
………………………………………………………………………………..

“¡Hipercolibrí, lo absoluto de tus gestos
imperfectos (o el perfecto intervalo de todos
los continuos) lanza relámpagos!”

¿No hay origen para tanta trayectoria? Lo que asoma
son yerbajos acuosantos que marean transeúntes, copilotos del verdear.

Hemos muerto y renacido tantas veces
que la cuenta está perdida.
No medimos la alegría por el número
de nuestras resurrecciones.   
Baste para ello el nadar del soma
que rechina en cada ahora.

Hay uno que pasea, uno que se sube
a los botes y nos rema hasta las lunas
de la costa: las costillas
como remos internales que meditan
cada ola entre la carne.

“¡Hipercolibrí, el charquito que te empapa
por dentro delicado (o el mareo
del chasquido, ese aikido
parpadeante) lanza relámpagos!”

Números y más números y sus réplicas que rellenan
el relicario inundado y colgado del cuello.
A punto de estallar, el coágulo: éxtasis
promisorio donde pasan desnudas las mareas vegetales.
Nos dice en silencio: “algo palpita y recorre
estas pieles ya-no-nuestras ni exhaustas, las no-pieles apiladas
en cadenas de montañas que nos tiran la cadena
de silicio a la salida
de los soles”.

¿Depongamos las salivas que se adunan
en el foco indeciso de tu boca? No calcula
nada esta hoja rufiana cuando aflora en los mecheros,
cuando afeita nuestra mechas y machaca los gatillos
que apretamos conmovidos.

Tu corazón ya es naranja
de arrayán y su corteza
helada en el fuego.

…………………………………………………………………………………………….

“¡Hipercolibrí! ¡Relámpago! ¡Satélite! ¡Lanza!”

Y el fango: braille de las viudas de la muerte al que llegamos
tarde, o que soporta quien depone
su humanoide excusa. Hamacas de laca, lanzas de prodigios
que desposan nuestras pieles dilatadas en excentro.
“No avanzar”, dice el cartel que cabecea entre las lianas
a cada estremecimiento. Pero el desafío, uf, el bandidaje
no se detiene en los neones. Esos nones al costado del camino.

Y en el fango: se sumerge el cuerpo repleto de aromas. Se olvida
de nosotros, de ustedes, de los oficios de la feria. De la Tierra.
Pero no deja de vibrar este cuerpo como un pájaro
sentado a la intemperie.

"¡Hipercolibrí, de tus ojeras matutinas
se desprenden los sonidos!"

Y es el fango que nos vence. Y es el fango que nos besa. Y es el fango
larvario que nos mece. Sus aurales nacimientos. Un pujo
interminable de soplidos. El pre-simio: la simiente,
el insomnio pulmonar.

“¡Hipercolibrí, el relampago indefine!”

¿Y no hay algo que recorre aún
las curvas de las fibras, la tensión de los tendones, el fractal
de cada músculo, las ascuas en los ojos?

“No es el pulso lo bloqueado
por el muro, ni amurada es la pulseada
si es el muro lo que late”.

El zarpazo es en la nuca que arrastramos por la espalda.

“Eso esplende en las fronteras
como tiros de vapores”.

Esperamos enguantados que los dedos
se licúen y entretejan. Insolados. La que roe
no es la rata de la aurora: ¡nos confiscan
estos truenos, la secuencia celestial de los orantes!

…………………………………………………………………………………………….

"¡Hipercolibrí!"

“Vino la muerte y ya se fue”.
“Vino la muerte y ya se fue”.

Se fue sin salvavidas: las cinturas aladeltas.
Y las chicas ojerosas se quedaron
abrazadas a los monos. En la hondura
de esa leche que se espesa en esa línea
horizontal: bebimos
hasta perdonar y perdonar.
Nos. Osamos remontar la intensidad
de los jadeos
hasta que las efigies inhumanas descendieron
desnudas por la pirámide escalonada.

Retrochille usted sin red:

“Vino la muerte y ya se fue, ya se fue, ya se fue”.

Penetramos en manada las informes borraduras: la golosa
enzima en silencioso contrabando. La frágil golosina
que se oculta (se revela) en esos cuerpos. Enchastrados,
más abajo en el revuelo de esos barros, en el vuelo
de las matas que se trenzan caduceas, sin memoria.
De esos cruces, claro,
ya no quedan testimonios.

"¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!"

Ahogadas en saliva hay unas cuantas
pastillas de reverdecer.
Conjeturar la desfigura, el conejo que se escapa
entre balas y sabuesos, la escarpada
desviación de las gargantas:

“tengo el trébol fosfenado de un cóndor
en la boca sin palabras el habla es un chillido
de luna el lento arrastre de los pies sobre el cadáver
crocante de las almejas en la playa los ángeles
deben estar debajo o adentro
de ese ruido”. 

Y si mi canto te invoca, Hiperbrío…
Y si mi canto te llama, Colibranquia…
Y si tu llama me canta, y si mi Can
celeste te ama, Colibrasa:

“¡Lanza relámpagos! ¡Lanza relámpagos!”

Y si te canto es porque algo
recorre estas escamas
que se caen como plumas
y refulgen en la tierra:
huevos solos
soles-pumas
nuevas sales, un punzante
rabo en el fosfeno.

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos, lanza relámpagos!”

Y si mi canto te invoca, Colibrillo,
y si tu vuelo barrena el costilleo
de este pecado en la llaga, en las yemas,
Colibrío, que nos llaman y nos yerran tanto
hasta pegar los ojos a la luna, Colibrizna,
a la llena luna posada en el pozo, a la bruma
fresca de la mañana, Colibrisa, a esta paz
que tanto olvida en las marismas todo
lo que alguna vez morimos: esos llantos
aflautados por el aire de la doma, o la sangre
de mi nombre, Colibrida, que no corre
por las almas ni los huesos, ni circula
para nada y para nadie.