“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Exhausta
bajo un sol en retirada, reluciente
por la
emulsión que la embadurna,
se va
erosionando la piedra
viviente,
la piel de la tierra: algo así
como tus
alas, Colibrí, cuando traslucen
un
movimiento demasiado veloz
como para
ser registrado –esa incógnita
perfecta
que repta, justo arriba de la axila,
por la
infinita ecuación de tus plumas–. No es posible
explicar el
manto anónimo, hialino, que apenas
recubre la
piedra o la piel cuando caen
las tardes
premonitorias. “Es la farsa
compartida”,
dicen los que aman decir.
Nosotros
sabemos, Colibrí, del espesor
que puede
ganar la transparencia
cuando el
ángulo se acomoda a la luz
y el cuerpo
y la velocidad pactan
una fiebre
de roces, el murmullo
olímpico
del espacio. Se derrama el arroyo
de polvo y
pálido sudor
entre los
muslos y las piedras
como el
resto lácteo que se exprime
de una
fruta madura.
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