viernes, 15 de enero de 2016

Satélites / Relámpagos 28


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Exhausta bajo un sol en retirada, reluciente
por la emulsión que la embadurna,
se va erosionando la piedra
viviente, la piel de la tierra: algo así
como tus alas, Colibrí, cuando traslucen
un movimiento demasiado veloz
como para ser registrado –esa incógnita
perfecta que repta, justo arriba de la axila,
por la infinita ecuación de tus plumas–. No es posible
explicar el manto anónimo, hialino, que apenas
recubre la piedra o la piel cuando caen
las tardes premonitorias. “Es la farsa
compartida”, dicen los que aman decir. 
Nosotros sabemos, Colibrí, del espesor
que puede ganar la transparencia
cuando el ángulo se acomoda a la luz
y el cuerpo y la velocidad pactan
una fiebre de roces, el murmullo
olímpico del espacio. Se derrama el arroyo
de polvo y pálido sudor
entre los muslos y las piedras
como el resto lácteo que se exprime
de una fruta madura.

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