“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Caminamos
con dificultad entre la gente.
Nos cuesta
estrechar la mano
sin perder
la piel. Nadie sabe
del dolor
del pasto en la boca, la
postiza dentadura
derritiéndose
cada noche
como leche llagada
entre las manos: los violentos
desvelos,
las pupilas obsesivas de las moscas
observándolo
todo, los intentos
de no besar
seguido.
Muy pocos
registran –aunque algunos juran
pasarlo por
alto– el esfuerzo que implica
domeñar el encendido
espinazo
que se abre
paso a tajo limpio, el peso
de su mosaico de escamas
de su mosaico de escamas
cuando atraviesa
la piel de la espalda
al primer
abrazo de la mañana: la fingida torpeza
de esconder
sin éxito
los
colmillos, la lengua filosa, este frágil
corazón de
reptil.
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