“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Que el
pollerón de la poluta noche
nos
envuelva en sus brillantes
flatos; o
no, ni nos toque (o sí, pero no
tanto): o
al menos nos conceda
un poco
–ese trino angelical–
de la
hundida gracia
que
prolifera en sus herméticas,
garabateadas
letrinas
lo
suficiente como para no
desfallecer
en un último,
perruno
suspiro.
Todo ángel es
relámpago,
errancia: lo que acecha
el ya rancio
planeta de la letra, invasión
satelital.
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