“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Huir
selvático de los ojos de lata
y la boca
amigdalada o rellena
de
tachuelas, buche hinchado
de
dolorosos contrapuntos, la pinta
despintada
por venablos de odio.
Huir del
derrame vil, del volátil
zumo que se
resume en plaga o
señuelo del
que pliega en sus lonjas
las
novedades de ayer, y yo
diluido
entre tantos instintos, la tinta
convulsa de
la valva abierta me adhiero
a lo que no
hiere, a lo que roza
la risa en
el intersticio, no el tajo
chillón del
cuchillo ni la escama
que en el
espasmo se desprende
ni el
espanto que nos pasma, instala
el tufo que
al pulmón de pizpireta
le mutila
el filo de maleza, le reemplaza
el alma por
el asma imberbe, sino el crack
de la beleza explosiva que se expande
frondosa
por las venas como soplo
de relincho
y eléctrico galope, como crines
que de oxígeno la
pirotecnia peina
hasta el
cielo subterráneo que nos crece
como
hierbas, como tónico, cual yuyo
replicante que podado no es
jamás.
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