“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
Nos pusimos
ese chivo eléctrico al hombro
y partimos
como un petardo de la metrópolis, la que lejos
bufa o bala
para atraernos a su tedio, a su ajado
tomacorriente,
eterno lamento, para traernos
de vuelta a
su voltaje de humanoides rudos
o raídos,
poco importa si se les tuerce
la ropa pero
jamás el cuore, ni se les curva
apenas el
ánimo o el oído, ni un poco de látigo
nebuloso en
la visión, y de sus contracaras
igual de
tediosas partimos, lejos del amontonado
cacareo, bien
lejos de su ruido hacia glaciares
que en
silencio meditan partimos, expatriados,
con el hambriento
animal a cuestas, con su hambre
de crestas
blancas e inmensas, de horizontes
fríos y
vientos y esponjosos espacios sin eco,
donde nunca
hubo parlantes que vocearan
los inéditos
voltios de este chivo que llevamos
o nos lleva
hacia un modesto enchufe esquimal
donde su
hambre y su electricidad tengan sentido.
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