“¡Hipercolibrí,
lanza relámpagos!”
No es más
que una sandía supurando
su sangrial
sobre el pasto. No son más
que trozos
repartidos, estrategas
y azarosos,
como migas
sobre el
tambor de la aorta. Ni más
que
ventrículos arrancados con los dientes
(en un
rapto corto
y rotundo)
del corazón y
las
alianzas, del cristal derretido
en que
devienen las máscaras
cuando las
alcanza la luz
o su
sonido. No están lejos
los
vengadores de Planeta Zumbido
para
redimir o comerse
tanto
deleite desparramado.
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